Maldita política

A menos de tres meses para las elecciones generales de octubre, el clima en nuestro país se vuelve cada vez más hostil. Lejos de desaparecer, la grieta que separa a los argentinos es cada vez más grande y profunda. A tal punto está instaurada esta grieta que parece muy remota la posibilidad de que algún día cicatrice.

En esta profundización de la grieta mucho ha tenido, y tiene que ver, la actitud de parte de nuestra dirigencia política. Dirigentes políticos que se valen de esta polarización para hablar con una liviandad que asusta. Hecho que se exacerba en época de elecciones cuando todo es válido con tal de conseguir los votos necesarios, todo está permitido. Medidas utópicas, lemas que solo sirven para la campaña, el engaño, la descalificación, la violencia -avalada en muchos casos por la sociedad-, la falta de respeto entre los propios dirigentes, o banalizar nuestra democracia comparándola con una dictadura como lo es Venezuela. Incluso algunos dirigentes atacan a la prensa cuando se sienten interpelados, como si eso no fuera parte del rol que deben ejercer los medios de comunicación.

Esta dirigencia lejos de trabajar por la unidad de los argentinos, lo único que busca es desunir aún más a la población, buscando una polarización que como país no nos llevará a ninguna parte.

Lamentablemente, esta actitud ha dado resultados. Los ciudadanos también han sido partícipes para que esta grieta se haya vuelto cada vez más grande y profunda. Ciudadanos que, siguiendo el ejemplo de los dirigentes, han perdido el respeto por el prójimo. Nos hemos vuelto intolerantes, agresivos, sólo dispuestos a escuchar a quien piensa de la misma manera que nosotros, defendiendo muchas veces lo indefendible y atacando a quien piensa distinto por el sólo hecho de disentir.

Esta grieta nos ha llevado a un enfrentamiento entre los argentinos. Es tal la división que existe hoy que no es posible entablar una conversación sobre política o economía en prácticamente ningún ámbito, con vecinos, con amigos, y lo que es peor aún incluso en el seno familiar. No se puede dialogar u opinar sin que inmediatamente el fanatismo envuelva la conversación, apareciendo así la intolerancia, la violencia, los insultos, y las provocaciones.

Todo esto, como dijimos, ampliado en época de elecciones. Maldita política aquella que es utilizada para hacer campaña difamando, esgrimiendo datos falsos, apelando a hechos inexistentes, proponiendo medidas impracticables y a veces peligrosas, e incluso realizando comparaciones que distan mucho de la realidad. Maldita política aquella que permite que cada dos años se libre una batalla en donde los únicos ganadores son aquellos que pelean por un cargo político, mientras el resto de los argentinos debemos seguir poniendo el hombro día a día para tratar de sacar este país adelante.

Para algunos dirigentes la política parece un juego. Un juego en donde no se miden las consecuencias de los dichos, de las actitudes, o de las declaraciones. Señores, no se trata de ver quien consigue mayor caudal de votos sin importar cómo se consiga. El objetivo no es ni debe ser sólo el ganar una elección, porque este reduccionismo pone en juego el futuro de nuestro país, y el de quienes vivimos en él.

Si queremos salir adelante como país debemos remar de manera sincronizada y tirando todos juntos en una misma dirección, incluida toda la dirigencia política. Si no lo hacemos así, como lo hace la gran mayoría de los países en el mundo, no iremos a ninguna parte. Sólo daremos vueltas en círculos, permaneciendo en el mismo lugar. Miremos alrededor y observemos cómo nuestros vecinos, a pesar de sus sucesivos cambios de gobierno, mantienen los ejes centrales de sus políticas y avanzan todos juntos hacia el futuro con políticas de Estado que incluyen a todos sus habitantes y sin generar división entre ellos. Así es como maduran las democracias.

Publicada en El Cronista

Author: Pablo F. Salvador